El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande (Mateo 4,12-23)

por xavimat  

[Evangelio del domingo, 26 ene 2014]

Mateo 4,12-23:

Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan, se retiró a Galilea. Dejando Nazaret,
se estableció en Cafarnaún, junto al lago, en el territorio de Zabulón y Neftalí. Así se
cumplió lo que habla dicho el profeta Isaías: «País de Zabulón y país de Neftalí,
camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba
en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una
luz les brilló.»
Entonces comenzó Jesús a predicar diciendo:
—Convertíos, porque está
cerca el reino de los cielos.

Pasando junto al lago de Galilea, vio a dos hermanos, a Simón, al que llaman Pedro, y
a Andrés, su hermano, que estaban echando el copo en el lago, pues eran pescadores.
Les dijo:
—Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres.
Inmediatamente
dejaron las redes y lo siguieron. Y, pasando adelante, vio a otros dos hermanos, a
Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, que estaban en la barca repasando las redes con
Zebedeo, su padre. Jesús los llamó también. Inmediatamente dejaron la barca y a su
padre y lo siguieron. Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando
el Evangelio del reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo.

Los evangelistas son muy observadores, miran a su alrededor y ven que Dios les está hablando a través de las cosas que suceden, de la vida de cada día. Jesus, de hecho, fijó su residencia un tiempo en Cafarnaún, en la casa de Pedro. Esto, que podría no tener mayor importancia, es visto por Mateo con mucha más profundidad, porque él conoce las Escrituras Sagradas y la historia del pueblo judí. Precisamente en Galilega, siglos antes, comenzó la deportación del pueblo de Israel cuando fueron vencidos por el ejército de Asiria. Aquella tierra despoblada fue colonizada por otra gente, por «paganos», y todavía siglos después, los señoritos de Jerusalén miraban por encima del hombro a los judíos de Galilea, porque los consideraban casi «contaminados» por su historia.
La deportación no era simplemente perder la casa y la tierra, era perder la tierra-prometida por Dios, suponía el desplome de la vida y de las creencias del pueblo. Por eso Isaías les anunció la salvación como una liberación: «El pueblo que habitaba
en tinieblas vio una luz grande». Mateo reflexiona, admirado, y se da cuenta de que Jesús es la auténtica luz resplandeciente, y ha ido a vivir precisamente junto al lago. Los maestros de la Ley y los sabios del pueblo nunca lo hubiesen imaginado; pensaban que el Mesías debía vivir en Jerusalén, el centro religioso y de poder. Jesús, en cambio, cmenzó su obra salvadora en Galilea, y Mateo entiende que es allí donde debía comenzar la salvación, el anuncio de que el Reino de Dios está a punto de llegar, de hecho, ya ha llegado porque Jesús está presente.

A continuación, Mateo nos narra el primer relato de vocación. Jesús pide a unos pescadores que le sigan. Normalmente, los rabinos de la época no llamaban discípulos, sino que acogían a quienes querían ser sus alumnos. Jesús, en cambio, tiene la iniciativa y va a buscar a sus seguidores en su vida cotidiana, en su trabajo, en sus familias.
La respuesta de los primeros discípulos es modélica: dejan en seguida todo lo que tienen entre manos, la seguridad de su trabajo, se su familia, y se deciden a ir con Jesús con la única promesa de ser «pescadores de hombres». Su trabajo a partir de ahora será acompañar a Jesús mientras «enseña, predica y cura». Deben dejarse llenar por la Buena Noticia, por el Evangelio que Jesús transmite, deben vivir en profunda unidad con él. Mucho después, tras la resurrección, llegará el momento en el que el mismo Jesús los enviará por todas las naciones para enseñar aquello que él primero les ha transmitido.

(Imagen: Lago de Galilea)
(fuente: www.bibliayvida.com

Los planes de José o el proyecto de Dios (Mateo 1,18-24)

por xavimat  

[Evangelio del domingo, 22 dic 2013]

Mateo 1,18-24:

El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo.
José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo:
—José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.
Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el Profeta: «Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa “Con-nosotros-Dios”.»
Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer.

El último domingo de Adviento se centra en el anuncio del nacimiento de Jesús. Mateo nos lo cuenta desde el punto de vista de José, el santo silencioso y justo, fiel y cumplidor de la Ley. El evangelio de Mateo se abre con una larga genealogía que presenta los orígenes de Jesús: es hijo de Abraham, e hijo de David, y, por tanto, heredero de la promesa que Dios hizo al rey David: Todo rey de Israel debía ser descendiente suyo. Después de esta presentación, comienza Mateo a relatar la historia con dos personajes: María y José, rodeados de muchos otros: el Espíritu Santo, el hijo que comienza a formarse en el seno de María, el ángel del Señor... mucha gente para tan pocos versículos. Y es que Mateo es un maestro de la síntesis, prefiere centrarse en lo esencial, nos da pistas para que entendamos el núcleo de su mensaje, pero no se pierde en detalles innecesarios.
Al menos nos da pie para imaginar el drama de José. María estaba desposada con él, según la costumbre en la época, pero no vivían juntos porque todavía se tenía que celebrar el matrimonio. José es un hombre justo, es lo primero que se nos dice de él, y ‘justo’, en la Biblia, es aquel que respeta y obedece la voluntad de Dios expresada en las Escrituras. Podría haber denunciado públicamente a María, pero toma otra decisión, repudiarla en secreto, es decir, en privado, de forma que no tenía que dar explicaciones a nadie.
Fijémonos en los detalles; tenemos a José, el personaje más humilde y silencioso de los evangelios, del cual se han dicho tres cosas: lo que no quería, lo que decidió y la resolución que tomó. La pregunta de fondo que surge, cuando apenas hemos leído un par de frases de la narración de Mateo, es, ¿quién toma las decisiones?, ¿quién lleva adelante la historia?, ¿quién manda aquí?
Es cierto que José cree estar obedeciendo a Dios, porque él es justo, pero necesita que Dios mismo ilumine su historia, le dé nueva luz a los acontecimientos dramáticos que le suceden. José sería solo un cumplidor de la Ley; pero Dios le va a dirigir su mensaje para darle una misión especial y exigente.

Cuando José tiene sus planes hechos, cuando ha reflexionado sus prioridades y sus opciones y tomado una decisión, llega el mensajero de Dios y le pone la vida patas arriba (en esto Dios es especialista). Tiene que acoger a María como esposa, ejercer de padre poniéndole el nombre a Jesús y darle su apellido: «Descendiente de David». El ángel también le da los motivos: «vuestra familia ha sido elegida para traer al mundo al salvador, es el Espíritu Santo, el Espíritu de Dios, el que ha querido y ha hecho que ese niño vaya a nacer».
El mismo nombre de Jesús indica su misión, Yeshúah significa «Dios salva». Jesús, que viene de Dios, salvará a su pueblo. ¿Por qué dice «su pueblo»?, porque él es el Rey, como legítimo hijo de David y heredero de las promesas. La misión de José, en el fondo, es muy importante, porque desde el punto de vista judío, Jesús sólo podía ser el Mesías gracias al «apellido» que heredó de su padre adoptivo. José es, de verdad, el esposo de María, Mateo lo dice cuatro veces y hasta el ángel lo repite sin necesidad, solo para enfatizarlo (no temas acoger a María, ‘tu mujer’).

Mateo subraya, además, una cita del profeta Isaías. Cuando el profeta la pronunció, quería ser un signo de esperanza en tiempos de guerras y dificultades. Isaías insistía en que Dios estaba con ellos, que no les abandonaba. Cuando el evangelista reflexiona sobre esta cita, se da cuenta de un sentido profundo que Isaías no había sospechado. En Jesús se cumple de verdad que «con nosotros está Dios», por tanto no hay nada que temer, él ha venido en persona a visitarnos mediante su Hijo. Si Dios está a favor nuestro, ¿qué podremos temer?

Al despertar, José demuestra que de verdad es «justo», que cumple la voluntad de Dios, y lo hace en seguida, sin rechistar, sin decir nada. Por ello José sigue siendo el modelo de hombre justo, obediente, trabajador. A pesar de su silencio, y gracias a él, José manifiesta una actitud de respeto profundo a Dios, de vivencia honda de su fe. No todos hemos de ser como Juan Bautista y gritar por los desiertos, también el honrado trabajador y trabajadora tienen una misión muy alta que Dios necesita que ellos cumplan. Nadie sobra en la Iglesia de Dios.

Igual que a José, a nosotros Dios nos confía una misión. Es lo que los creyentes llamamos «vocación» y que no debe confundirse solo con la vida de sacerdote, religioso o religiosa. Eso son solamente unas vocaciones, pero dentro de la Iglesia hay muchas más. Ser laico en la Iglesia, es decir, no consagrado de forma especial, es también una vocación, la más abundante, de gran importancia. Significa vivir la propia fe en la vida de cada día, en el lugar de trabajo, en la familia, en las decisiones importantes de la existencia.
Nosotros tenemos nuestros planes, nuestros proyectos, pero viene Dios y nos pone la casa patas arriba. Él llama cuando menos lo esperamos y nos urge a darle respuesta. La Navidad, sin ir más lejos, es la celebración de la venida de Dios al mundo; pero, ¿no estaremos domesticando demasiado la Navidad? ¿No tendremos a Dios demasiado acotado, limitado, encarcelado? ¿De verdad nos ponemos a tiro de su Palabra? ¿Vamos a dejar que él nos estropee nuestras loterías, nuestras cenas, nuestros cotillones, nuestras fiestas?

fuente: www.bibliayvida.com

«El que tiene que venir» (Mateo 11,2-11)

por xavimat  

[Evangelio del domingo, 15 dic 2013]

Mateo 11, 2-11:

En aquel tiempo, Juan, que había oído en la cárcel las obras del Mesías, le mandó a preguntar por medio de sus discípulos:
—¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?
Jesús les respondió:
—Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio. ¡Y dichoso el que no se escandalice de mí!
Al irse ellos, Jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan:
—¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? ¿O qué fuisteis a ver, un hombre vestido con lujo? Los que visten con lujo habitan en los palacios. Entonces, ¿a qué salisteis?, ¿a ver a un profeta?
»Sí, os digo, y más que profeta; él es de quien está escrito: “Yo envío mi mensajero delante de ti, para que prepare el camino ante ti.”
»Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan, el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él.

Juan Bautista era un hombre de palabra fuerte, poderosa, fascinante. Su anuncio animaba a reconocer los errores de la propia vida, a cambiar, a volverse hacia Dios. Él había convocado multitudes a su alrededor y formado una comunidad de discípulos. Fue detenido por meterse con el poder establecido y cuando oye hablar de Jesús se sorprende. Jesús no llega como el juez estricto que va a meter en vereda a todos los pecadores. Él acoge a los pecadores y come con ellos, él anuncia un mensaje de liberación y paz, de amor misericordioso. Por eso Juan tiene dudas y envía a sus discípulos a preguntarle: «¿Eres tú el que tiene que venir? ¿Eres tú el Mesías?».
Jesús no se limita a decirle que sí, parece que conoce el refrán «obras son amores, y no buenas razones», y pide a los enviados que observen a su alrededor: los ciegos ven, los cojos andan... No son solo curaciones espectaculares, como las de un mago cualquiera; son los signos que los profetas, muchos siglos antes, habían anunciado que haría el Mesías. Jesús está diciendo: «Sí, soy el Mesías, pero no os fiéis de que lo diga sin más, sino fijaos en mis obras, ellas confirman que es verdad».
Mateo nos ha contado ya bastantes de esas obras. Los capítulos 5 a 7 del evangelio los ha dedicado a un largo discurso de Jesús («a los pobres se les anuncia el Evangelio»), y en los capítulos 8 y 9 nos narra muchos milagros (curaciones de leprosos, de inválidos, de ciegos, etc.). Así que el diálogo con los mensajeros del Bautista quedaría muy bien al final del capítulo 9. Pero Mateo ha querido poner antes el capítulo 10, el «discurso de la misión», en el que Jesús envía a sus discípulos a hacer las mismas obras que él hace («curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos...») y a predicar lo mismo que él.
Mateo lo tiene claro; quiere que sus lectores comprendamos que Jesús, cuando dice «id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo», no solo habla de sus obras, sino también las de sus discípulos, las de sus seguidores, las nuestras...
Sí. Esa es la grandeza y la exigencia de ser cristianos; que nuestras obras están puestas en el candelero para que alumbren a todos los de la casa, son como la ciudad puesta sobre un monte que nadie puede ocultar. Estamos llamados a iluminar a los demás haciendo las mismas obras que el Cristo, actuando como Jesús. Es una misión estimulante y arriesgada, y no hay ningún cristiano que esté exento de ella.
¿Cómo podremos llevarla a cabo? ¡Si no somos más que personas del montón, tan limitados y pecadores como cualquier otro! Mateo es consciente de ello, pero no nos está pidiendo que seamos superhombres, que dejemos de ser humanos para convertirnos en seres perfectos, sin limitaciones. El evangelista todavía tiene mucho que decirnos, y sobre todo, tiene que presentarnos a Jesús que da la vida por nosotros, que muere por amor y que resucita. Al final del evangelio, Mateo nos presentará a Jesús prometiéndonos con toda solemnidad: «Yo estoy con vosotros, todos los días, hasta el fin de los tiempos». Solo porque Jesús está con nosotros, tiene sentido que aceptemos esta misión. De otro modo seríamos unos temerarios. No tenemos que anunciarnos a nosotros mismos, sino solo a Jesús. Él es «el que tenía que venir», el que esperaban los judíos, el que Dios iba a enviar para liberarles.

¿Quién es ahora «el que tiene que venir»? ¿Quién es el que esperan los hombres y mujeres de la sociedad de hoy? ¡Qué pregunta más difícil! Vivimos en una sociedad plural en la que conviven multitud de formas de comprender la vida, de buscar la felicidad. Pero todas las personas comparten el mismo anhelo de plenitud interior, de alegría, de paz profunda. Las respuestas del mundo son múltiples, y no todas acertadas. Los cristianos tenemos también nuestra propuesta y no podemos callar. Seguimos pensando que Jesús es «el que tiene que venir» y proponemos, con todo el respeto del mundo, su mensaje de felicidad a través del amor gratuito y desinteresado. Estamos convencidos de que «Dios nos amó primero», y ese debe ser, por tanto, el primer mensaje que lancemos.
Pero, ¿esperamos a alguien? Descubrimos que hay mucha gente que no espera a nadie, que cree no necesitar de nadie, que prefiere vivir su vida en solitario. Quizá nosotros mismos queremos construirnos nuestra vida al margen de Jesús, y le dejamos tan solo un huequecito de adorno en un rincón de nuestra existencia.
El Adviento es el tiempo que la liturgia nos regala para preparar la venida del Mesías, de Jesús, a nuestra vida. Él está llegando constantemente, a cada momento, pero nosotros necesitamos de tiempos especiales, de celebraciones llenas de significado, de símbolos que nos lo recuerden. Hoy podemos preguntarnos: ¿Qué espero yo? ¿Cuáles son mis anhelos, mis deseos, mis proyectos? Con total sinceridad, ¿qué necesito para ser feliz? ¿He organizado mi vida al margen de Jesús?
Él es «el que tiene que venir», que el está viniendo, el que llega. Abrámosle la puerta!

(fuente: www.bibliayvida.com)

Velar o no velar, esa es la cuestión (Mateo 24,37-44)

por xavimat  

[Evangelio del domingo, 1 diciembre 2013]

Mateo 24,37-44: Decía Jesús a sus discípulos: —Cuando venga el Hijo del hombre sucederá lo mismo que en tiempos de Noé. En los días que precedieron al diluvio, la gente comía, bebía y se casaba, hasta el día en que entró Noé en el arca; y no se dieron cuenta hasta que vino el diluvio y los arrastró a todos. Pues así será también la venida del Hijo del hombre. Entonces, de dos que haya en el campo, uno será tomado y el otro dejado. De dos que esté moliendo juntas, una desaparecerá y otra quedará. Así que velad, porque no sabéis qué día llegará vuestro Señor. »Tened presente que si el amo de casa supiera a qué hora de la noche iba a venir el ladrón, estaría en vela y no le dejaría asaltar su casa. Lo mismo vosotros, estad preparados; porque a la hora en que menos penséis, vendrá el Hijo del hombre.

Con las lecturas de hoy comienza el tiempo de Adviento, los cuatro domingos de preparación para la Navidad. Es normal que el mensaje sea insistente: Estad atentos, estad preparados, velad.
Leemos un fragmento del último gran discurso de Jesús en el evangelio de Mateo. Nos viene a decir que nos tomemos en serio nuestra fe, nuestro ser cristianos. Que Dios sea bueno no quiere decir que sea un buenazo; que esté dispuesto a perdonarlo todo no significa que no le importe lo que hagamos. El amor de Dios es amor-educador, que llama la atención cuando tiene que hacerlo, y que no deja pasar lo malo como si fuese bueno. Este es el sentido de la imagen de Dios Juez. Los discípulos querían saber cuándo iba a ser el juicio de Dios, cuándo terminaría la historia. Jesús insiste mucho en que ni se sabe ni se puede saber. No da ninguna pista numérica ni enigmática para que ahora la interpretemos con complicadas operaciones y adivinemos la fecha del fin del mundo. Para él queda claro: Ni lo sabemos ni lo sabremos. Dios interviene en la historia cuando lo cree oportuno, y no tiene que pedirnos permiso.

Lo que de verdad importa es la actitud con la que debe vivir cada día el cristiano; actitud de vigilancia, de espera, de escucha de la palabra, de atención al mensaje de Jesús.
Fijaos en el relato de Noé, en el Génesis, el diluvio vino sobre el mundo cuando nadie se lo esperaba, sólo Noé, que tenía la actitud adecuada, el único hombre bueno sobre la tierra, fue capaz de estar preparado. Fijaos en el amo de la casa, que se prepararía si supiese cuándo viene el ladrón. En ambos ejemplos no hay ningún indicio sobre el cuándo, pero sí un mensaje claro sobre la actitud de espera.
Los dos hombres del campo y las dos mujeres que muelen juntas parecen iguales. No hay trabajos superiores ni inferiores, no hay trato desigual entre clases sociales. Dios ve en lo profundo del corazón y por eso se dice de uno y una que serán llevados y del otro y la otra que los dejarán. Es decir, la venida de Dios es momento de discernimiento, de dejar las cosas claras, de que la verdad oculta salga al descubierto. No nos fijemos en apariencias, nos dice Jesús, no juzguemos nosotros, que esa tarea le corresponde sólo a Dios. Preocupémonos de estar atentos y preparados, de velar.

Pues bien, ¿qué significa para nosotros, hoy, velar? Han pasado casi dos milenios desde que Jesús pronunció esas palabras; ya no nos preocupa el fin del mundo inminente. Pero el mensaje de atención y estímulo sigue vigente. Cada cristiano debe convencerse de que debe velar, debe prestar atención a su fe, debe responder al amor de Dios con algo más que palabras al aire, debe dedicar tiempo y esfuerzos a cultivar la fe. No tiene sentido que nos esforcemos tanto por el fútbol, por ejemplo, o por nuestras aficiones; que seamos capaces de levantarnos de madrugada para ir a pescar, o en la mañana del sábado o domingo para llevar al hijo o a la hija al partido, que nos gastemos dinero en todo aquello que, aunque pueda ser interesante, no es esencial ni imprescindible... pero después vayamos a mínimos en nuestra religión, que regateemos con Dios los minutos, que la mínima excusa nos sirva para dejar de lado nuestras convicciones.
Ya hace tiempo que no vivimos en una «sociedad cristiana», pero todavía hay cristianos que no se plantean en serio que son ellos los primeros que han de responder a la llamada de Jesús. Hoy en día cualquier cristiano tiene multitud de posibilidades a su alrededor:

  • - para aprender más sobre la Palabra de Dios,
  • - para celebrar con la comunidad,
  • - para implicarse en la ayuda a los necesitados,
  • - para participar en una comunidad cristiana y ayudar a construirla,
  • - para leer y conocer mejor a Jesús, solos o en grupos de estudio y catequesis
  • - para rezar solo, o en grupo, o en familia,
  • - para fortalecer su fe en encuentros junto a otros creyentes,
  • - para reflexionar a fondo sobre su vida y sus actitudes,
  • - para dejarse ayudar y acompañar por otros cristianos en esta reflexión,
  • - … 

Hoy no tenemos excusa; si de verdad Jesús tiene importancia en nuestra vida buscaremos la manera, encontraremos los momentos, nos esforzaremos por «estar preparados», por «estar velando». Porque el Hijo del hombre vendrá en el día menos pensado.

Traducción bíblica: La Casa de la Biblia
Domingo 1º Adviento – Ciclo A